Volar como Supermán o conquistar la Luna. El ser humano necesita soñar con imposibles. La ciencia descubre por qué.
La historia del ser humano no es más que la historia de sus utopías. La humanidad sólo ha avanzado cuando ha corrido el riesgo de perseguir lo imposible, y es gracias a esos visionarios que la frontera de lo posible se fue ensanchando.” Esta afirmación del escritor uruguayo Mario Benedetti deja patente la idea, bastante extendida, de que, si algo nos define como humanos, es ese impulso irresistible por ir siempre más allá, por desear aquello que no podemos poseer.
Los orígenes de lo inalcanzable
Ignacio Martínez, profesor titular de Paleontología de la Universidad de Alcalá y uno de los artífices de los descubrimientos de Atapuerca, asegura: “Desde el punto de vista anatómico, los seres humanos desbordamos los límites de nuestra fisiología, vivimos allí donde un animal nunca iría. Así, no estamos preparados para soportar climas fríos, pero hemos inventado artilugios para sobrevivir a bajas temperaturas. Sin embargo, no hay ningún león que se haya decidido a vivir en el polo. Esto demuestra, al menos, que el ser humano posee algo, que podemos llamar rebeldía ante lo conocido o establecido, que nos ha llevado a ir más allá de nuestras posibilidades”.
Entonces, ¿la capacidad de inventar, de desear ir más allá es exclusiva de nuestra especie? Para Martínez, es difícil pensar que nuestra especie tiene un órgano para la rebeldía o creatividad que no tenían las especies anteriores que poblaron la Tierra, y en las que no hubo ningún atisbo de estas habilidades. “Sin embargo, lo que sí vemos en el registro fósil, continúa Martínez, es que en la evolución humana hay un aumento del cerebro, y que este va acompañado de modos tecnológicos más complejos”. Según Martínez, la explicación a la aparición de un ser dotado de creatividad es que nuestra especie es, en cierto modo, infantil. Asegura que en nuestra evolución anatómica ha jugado un gran papel la neotenia, esto es, que la especie descendiente mantiene los caracteres infantiles de la especie antecesora.
Para Martínez: “En la evolución humana, y debido a este proceso de retardo en el crecimiento, o neotenia, igual que mantenemos caracteres infantiles en nuestro esqueleto, conservamos también otros rasgos infantiles, como la creatividad y la rebeldía”. Pero, sea cual sea el origen, ¿Por qué perseguimos imposibles?
La necesidad y la motivación
Según la psicología clásica, el ser humano se mueve por la motivación, es decir, las necesidades propias del ser humano que condicionan su comportamiento. De hecho, cuando surge una motivación, la necesidad que sentimos rompe el equilibrio del organismo y causa un estado de tensión, o insatisfacción, que nos lleva a desarrollar un comportamiento, o acción, que sea capaz de descargar esa tensión y librarnos de la incomodidad que nos produce. Según Arribas: “Satisfacer una necesidad produce placer en el ser humano. Es un hecho que muchas de estas necesidades satisfechas desprenden la misma sustancia, la dopamina, que se desprende en otras adicciones, como las de la cocaína y el alcohol”.
Y esta es la razón principal por la que todos aspiramos a conseguir cosas que, pensamos, nos pueden producir placer, aunque estén fuera de nuestro alcance. Estos son los motivos que mueven al hombre a buscar más allá de sus límites. Pero ¿cuáles son estos menesteres? El ser humano tiene unas necesidades básicas –fisiológicas, de seguridad y sociales– y otras más elaboradas, como las de autoestima y las de autorrealización. Las elaboradas son, precisamente, las que nos empujan a perseguir “imposibles” y son, además, exclusivas del ser humano. Los animales sólo se mueven por necesidades básicas, como la supervivencia y el hambre.
En los años 70, el psicólogo Abraham Maslow formuló una teoría según la cual el comportamiento humano se rige por la jerarquía de sus necesidades. Lo que significa que primero tiene que satisfacer las mas básicas (las fisiológicas, por ejemplo) para que se presenten los motivos superiores. Según sus propias palabras: “Es cierto que el hombre vive solamente para el pan, cuando no hay pan. Pero, ¿qué ocurre con los deseos del hombre cuando hay un montón de pan y tiene la tripa llena crónicamente?”.
Qué quiere del hombre moderno
Un estudio publicado en el año 2000 por un equipo de psiquiatras de la Universidad de Ohio, en Estados Unidos, da respuesta a esto. Después de realizar una encuesta pormenorizada a más de 6.000 individuos, y tras cinco años de investigación, concluye que las necesidades del ser humano del siglo XXI son, y por este orden jerárquico; vitalidad, independencia, curiosidad, aceptación, orden, ahorro, honor, idealismo, relaciones sociales, familia, venganza, amor, comida, ejercicio físico y tranquilidad. Resulta interesante que, en una sociedad desarrollada y consumista como la estadounidense, sean estas las necesidades prioritarias que rigen el comportamiento humano. Pero algo realmente curioso es el hecho de que, en las sociedades con menos comodidades, incluso quienes no tienen sus necesidades básicas cubiertas también aspiren –incluso por delante de las básicas– a satisfacer necesidades supuestamente superiores, como las de incrementar sus conocimientos o poseer objetos de lujo. El doctor Steven Reiss, director del estudio de Ohio, achaca estas aspiraciones a lo que él denomina “deseos ficticios”, que son aquellos que crea el mundo exterior a través de la publicidad, por ejemplo. Gracias a ellos se crean, según Reiss, dos grupos: “Los que tienen acceso a los objetos y los que sólo los contemplan”. Sin embargo, al contrario de lo que pasa con las necesidades intrínsecas del ser humano, lo que caracteriza a las ficticias es que nunca nos hacen sentir gratificados por completo; las consigamos o no, nos sentimos igual que cuando no logramos satisfacer las necesidades más íntimas: frustrados.
El fracaso
Algo a tener en cuenta, cuando se trata de aspirar a cosas fuera de nuestro alcance, es la posibilidad, bastante cierta por otro lado, de no conseguirlas. Esto produce en nosotros el efecto contrario al placer y la satisfacción, es decir, el dolor y el fracaso. De hecho, Arribas apunta que aspirar a grandes cosas en la vida es la principal causa de estrés y ansiedad en nuestra sociedad actual. “Por eso, los psicólogos recomendamos a nuestros pacientes con trastornos de este tipo que se marquen pequeñas metas, más accesibles, para ir acercándose a las más grandes poco a poco. Es como subir una escalera. Como no sabes qué hay arriba, es más aconsejable subir los escalones de uno en uno e ir escalando”. Aunque, por otra parte, la falta de ilusión o deseo puede hacer nuestra vida muy lúgubre. No en balde, el neurólogo Nolasc Acarín afirma en su obra El cerebro del rey: “En términos neurobiológicos diríase que la ilusión es una emoción que facilita la motivación. La motivación nos empuja a tener proyectos, y a seguir interesados en la vida. Si la andadura es satisfactoria, sentimos placer”.
¿Merece la pena?
Por eso, a la pregunta de si soñar con cosas imposibles es bueno o malo, Arribas responde: “En muchas ocasiones, soñar con alcanzar metas inalcanzables es una trampa que nos ponemos para evadirnos de una realidad que no nos satisface. El problema se produce cuando se nos va de las manos y la no satisfacción de la necesidad creada provoca fracaso e insatisfacción, que nos hace infelices. Es el peligro de querer cumplir un sueño inalcanzable, que se convierta en el único motivo de nuestra existencia y dejemos a un lado lo que debería ser el sueño inalcanzable en el que deberíamos poner nuestro empeño: ser felices”.
El ensayo ¿Por qué deseamos lo que deseamos?, publicado recientemente, es el resultado de un estudio llamado Proyecto del deseo humano, realizado durante diez años por un equipo interdisciplinar de la consultora de investigación The Next Group. Su objetivo era descubrir las nuevas tendencias en las expectativas de las personas, y en sus conclusiones afirma que el deseo humano moderno va más allá de lo material. Según los trabajos de este equipo, parece claro que el hombre actual, al que define como metafísico, tiene un nuevo deseo superior que rige su vida. Se trata de alcanzar un estado óptimo de ánimo, el máximo placer interior y la plenitud de la mente. Así explican la proliferación de lugares de retiro, la moda zen, el yoga, etc… En definitiva, parece claro que soñar imposibles no es en sí algo negativo; lo importante es dirigir nuestros esfuerzos a alcanzar las metas correctas, o en otras palabras, aquellas que nos produzcan una satisfacción real y duradera. Así que ¡manos a la obra!
Salta! Merece la pena probar
¡Prueba superada! Ellos sí alcanzaron sus sueños
Muchos han sido los científicos, en todas las disciplinas, que fueron tomados por locos cuando quisieron compartir sus descubrimientos con el mundo. Gracias a quienes decidieron soñar imposibles y lucharon por conseguirlos –en algunos casos, incluso a costa de su propia vida– la humanidad ha progresado hasta donde nos encontramos. Estos son algunos casos.
Hermanos Wright
Un juguete con una hélice despertó en ellos su deseo de volar. El 17 de diciembre de 1903 realizaron el primer vuelo de la historia con su Flyer III.
John Von Neumann
Desde niño, su obsesión era construir una máquina de cálculo. Consiguió construir el primer ordenador con memoria RAM de la historia.
Ada Lovelace
La hija de Lord Byron fue una gran matemática a principios del siglo XIX. Adivinó lo qué sería el software de una computadora.
Isaac Newton
Su obsesiva observación de la naturaleza le llevó a descubrir teoremas, como la ley de la gravedad, que hicieron historia
Sadi Carnot
Descubrió la ley física de las fuerzas cinéticas. Nadie le creyó hasta un siglo más tarde.
Jules Verne
Cuando describió la llegada del hombre a la Luna, fue considerado un fabulador. Hoy es un visionario.
Anatomía del amor platónico
Cuanto más irrealizable, mayor será el deseo. Enamorarse platónicamente significa anhelar justo aquello que te niegan.
Prendarse de una artista de Hollywood, de una persona que vive y seguirá viviendo al otro lado del mundo, de un cantante al que no saludaremos jamás… A casi todos nos ha sucedido en algún momento, aunque sepamos que es absurdo, inútil e irrealizable. ¿Por qué? ¿Para qué sirve engancharse con amores imposibles?
Existe la hipótesis de que las personas muy enamoradizas tienen dificultades para segregar la cantidad óptima de una sustancia llamada hormona del amor, o feniletilamina, responsable –junto con otras, como la dopamina– de ese estado de “levitación teresiana” en que se encuentran los novios al principio de su relación. Según algunos investigadores, las personas que se “cuelgan” con mucha facilidad de otras, sin que les importe la inutilidad de su sentimiento, lo hacen para elevar sus bajos niveles de feniletilamina.
El enamoramiento desbocado también aumenta la producción de varios neurotransmisores, como la adrenalina y la oxitocina. Ellos influyen en nuestro estado de ánimo, y hay quien padece síndrome de abstinencia cuando en su cerebro no abundan. El nivel que tengamos de ellos la primera vez que nos enamoramos puede determinar la forma de extasiarnos a lo largo de nuestra vida. Investigadores como el sueco Kerstin Uvnas-Moberg y la estadounidense Helen Fisher han demostrado que el amor que perdura es, primero, porque se realiza, y segundo, porque se trasforma. El desenfreno inicial, o el que se sufre en el amor platónico, es insostenible y peligroso para un ser humano, porque le impide medir el riesgo.
Hay épocas en la vida –como la adolescencia y la juventud– y estaciones del año o situaciones –como las de crisis, peligro o temor– en las que somos más vulnerables al amor fantasioso. Y también hay diferencias sexuales, que convierten a las mujeres en víctimas más propicias del dardo en llamas.
Los primeros que prestaron atención al papel que juega el momento vital en la vulnerabilidad ante el amor platónico fueron los psicólogos Arthur Aron y Donald Dutton. Después de analizar el sentimiento desde el punto de vista de la historia, la filosofía y la psicología experimental, estos científicos descubrieron la constante presencia de la ansiedad. Sin la adversidad, Romeo y Julieta quizá no hubieran pasado de escarceos. Es la incapacidad para conseguir a sus amadas lo que hace incondicionales a Cyrano de Bergerac y a Quasimodo.
Para probar que la ansiedad tiene mucho que ver en el enamoramiento, los psicólogos Aron y Dutton realizaron un experimento. Colocaron a dos hermosas estudiantes en sendos puentes sobre un valle profundo en Vancouver, Canadá. Uno de estos puentes era bajo y seguro; el otro, altísimo, endeble y constantemente agitado por el viento. Por los puentes hicieron pasar a un grupo de voluntarios. Cada chica les entregaba, a su paso, su número de teléfono. ¿Qué sucedió? Pues que todos los que pasaron por el puente peligroso llamaron a la guapa correspondiente. A la otra belleza, en cambio, sólo la telefoneó el 22% de los candidatos.
¿QUÉ TENÍA QUE VER PLATÓN?
Este tipo de amor se llama platónico por una errónea interpretación de El banquete de Platón. En esta obra, la sobremesa se prolonga porque el tema de conversación, el amor, resulta muy interesante. Sócrates sentencia que dura un instante y no muere jamás. Pero Aristófanes, en boca de Platón, cuenta la “verdadera manera de entender el amor”. En los albores del mundo, los humanos se diferenciaban en tres sexos: hombre, mujer y andrógino, una mezcla de ambos. Pero cada individuo era redondo, tenía dos cabezas, cuatro piernas, cuatro brazos, etc. Los humanos eran felices, poderosos… y quisieron subir al cielo para atacar a los dioses, que, asustados, los partieron en dos, para que no fueran tan orgullosos.
Entonces aparecieron los seres humanos actuales, capaces de todo, pero en el fondo incompletos. Una fuerza interior les empuja a buscar su otra mitad, para volver a sentir la plenitud anterior al “tijeretazo divino”, y ya entonces se decía que era tan difícil como dar con una aguja en un pajar. Hoy pueblan el mundo 6.000 millones de mitades a la busca. Por cierto, que Platón avisa de que la otra pieza del puzzle no tiene por qué ser necesariamente del sexo opuesto.
Aristófanes termina asegurando que quien halle su mitad sabrá que la ha encontrado, porque no querrá ya jamás separarse de ella. La otra mitad es el verdadero hogar, y quien no la busque o, buscándola, tenga la desgracia de equivocarse, no cumplirá su objetivo en el Universo. Pero Platón no dice en ningún momento que este amor sea inalcanzable o irrealizable, ni excluye el trasiego erótico.
Es que el amor platónico, tal y como hoy lo entendemos, es más bien el amor cortés. Don Alonso Quijano, cuando se convirtió en el Quijote, transformó a la vulgar Aldonza Lorenzo en la delicada damisela Dulcinea. Un caballero andante de la época necesitaba una dama, más como medio que como meta; era una justificación para emprender aventuras en su nombre. En El Quijote, Cervantes recreó una práctica de moda ya en el siglo XIII, cuando los caballeros eran capaces de enfrentarse a dragones para conseguir tocar la mano de una lánguida y recatada dama, con quien jamás habían hablado y de la que nada sabían. Todo muy casto, porque el sexo ni se lo planteaban. Para eso estaban las prostitutas, las cortesanas, los efebos y algunos soldados.
Requiebros de amor cortés
Según el protocolo del amor cortés, el noble que quisiera hacerse una reputación debía declarar su amor puro a una mujer de alcurnia, aunque tanto ella como él estuvieran casados. No estaba mal visto, porque el fin, oficialmente, no era terminar compartiendo alcoba. El caballero se arrogaba la protección de la dama y ella le sometía a una serie de pruebas que él llevaba a cabo para obtener su favor. El desdén (también protocolario) de ellas les ponía a cien. Se daban todos los ingredientes para desembocar en un amor loco, obsesivo y platónico. Y no pocos perdían la vida en el intento. Los que sobrevivían, en cambio, perdían interés en cuanto conseguían la devoción de la dama. El trofeo resultaba menos atractivo que el camino recorrido en su busca.
Hay muchos ejemplos históricos y de leyenda: Ginebra y Lancelot, Isolda y Tristán, y más tarde, y en España, doña Leonor de Tovar y don Suero de Quiñones, quien organizó las justas del Paso Honroso en las que se propuso, y logró, romper trescientas lanzas de otros tantos caballeros venidos de toda Europa. Finalizada la proeza, el enamorado peregrinó a Compostela, herido, para entregarle al Apóstol el cintillo que le había dado la dama.
Años más tarde, aquella hazaña le pasó factura: uno de los caballeros que había sido humillado en las justas mandó matarle.
Amores que matan (o casi)
Hay personas obsesivas que no encuentran límites.
Petrarca y Laura, Eneas y Dido, Dante y Beatriz, Romeo y Julieta… La literatura está sembrada de historias de muerte a causa del amor imposible. Y en la vida real, el amor ronda la muerte muchas veces, a causa de una obsesión. Aquí están algunos, que trascendieron por los nombres de sus víctimas.
Jodie Foster fue la obsesión de un fan, John Hinckley Jr., quien quiso llamar su atención cometiendo un atentado en 1981 contra el entonces presidente de EEUU, Ronald Reagan.
Monica Seles sufrió la agresión de un admirador de Steffi Graff. El alemán Günther Parche no pudo soportar que Seles fuera por delante de su musa en la clasificación de la WTA, y la apuñaló por la espalda.
Richard Gere padeció un largo acoso por parte de una admiradora alemana, una perturbada de 51 años que abandonó a su marido para seguir al actor, con amenazas, hasta el fin del mundo. Lo más lejos que llegó fue al calabozo.
Michael J. Fox recibió, a lo largo de dos años, más de 6.000 cartas de una fanática. En ellas lanzaba espeluznantes amenazas contra el actor, su mujer y su hijo. La familia se vio obligada a contratar los servicios de Gabin De Becker, un detective privado especializado en alejar de las estrellas de Hollywood a estos enamorados terroristas. Tantos casos como este se dan, que De Becker ha hecho una fortuna. Algunos de sus clientes fueron Madonna, John Travolta, Dolly Parton, Robert Redford, Jessica Lange y Warren Beatty.
Olivia Newton-John se topó en la puerta de casa con su perro muerto y un mensaje: “Necesito matarte”.
Y a Cher, un admirador la rondó al más puro estilo Van Gogh: se cortó una oreja y se la mandó por paquete exprés. Tanta es la presión de los starkillers (que es como se conoce en inglés a estos admiradores furibundos), que no perdonan que sus amores platónicos del cine se enamoren y se casen. Así, actores como Halle Berry y Clint Eastwood no salen a la calle sin un arma. O como Sharon Stone y Eddie Murphy, que no abandonan sus hogares sin unos matones contratados especialmente para guardarles las espaldas.
Buscadores de Eldorado
Nada separa a quien se adelanta a su tiempo del que cree en quimeras. De hecho, se llaman igual: visionarios.
Por no hacer caso al siempre mordaz dramaturgo español Enrique Jardiel Poncela –“en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen; la gran mayoría de los sueños se roncan”– muchos hombres empeñaron la vida, o casi. Los hay que se congelaron azotados por el frío polar, y también que murieron consumidos por sus obsesiones. Pero, ¿qué otra manera de descubrir los límites de lo posible hay, si no es haciendo las cosas como nadie lo ha intentado antes?
Encontrar El Dorado
De todos los que dieron su vida por encontrar El Dorado, fue quizá sir Walter Raleigh quien más empeño puso. En 1595, con cinco navíos y más de cien soldados, enfiló rumbo a Sudamérica siguiendo las orientaciones del soldado español Pedro Sarmiento. Raleigh se adentró en el Orinoco, pero no halló nada. En 1617, el pirata inglés lo intentó de nuevo, pero su ataque a Santo Tomé puso fin a la expedición. La ciudad española resistió el sitio, y en la refriega perecieron la mayoría de los ingleses. Derrotado, Raleigh regresó a su país en junio de 1618. Su asalto provocó una crisis diplomática entre Inglaterra y España, y el monarca inglés Jacobo II le hizo ajusticiar a los pocos días de su vuelta de América.
Descubrir que Troya fue real
Heinrich Schliemann estaba convencido de que Troya no era una invención de Homero, que había existido en realidad. Pese a lo arriesgado de su apuesta, el arqueólogo alemán insistió en seguir al pie de la letra las indicaciones topográficas de los versos homéricos, y llegó a la conclusión de que Troya debía estar bajo las ruinas de las fortificaciones de Hissatlik, en las inmediaciones de la boca del estrecho de los Dardanelos (actual Turquía). En 1870, Schliemann comenzó allí los trabajos y pronto encontró Troya. Los siguientes 20 años los pasó excavando lo que quedaba de la legendaria ciudad. Su trabajo mostró nueve capas de restos arqueológicos, desde finales del Neolítico a la época romana.
Pasar el estrecho de Bering
Desde principios del siglo XIX, los rusos intentaron encontrar un paso por mar que comunicase el océano Pacífico con el Atlántico. En 1819, una expedición al mando del Comandante Mijaíl Vasilyev se adentró en el estrecho de Bering en busca de una ruta que permitiese transportar mercancías desde Alaska hasta los territorios rusos en Europa del Norte. Tras tres años de búsqueda, Vasilyev no pudo encontrar el ansiado paso, aunque completó los primeros mapas de la costa septentrional norteamericana. Casi cien años más tarde, los rusos encontraron el paso del noroeste. En 1915, los rompehielos Taimir y Vaigach completaron el primer viaje entre Vladivostok, en el Pacífico, y Arjangelsk, en el mar Blanco.
Nada separa a quien se adelanta a su tiempo del que cree en quimeras. De hecho, se llaman igual: visionarios.
Construir una ópera en la selva
A principios del siglo XX, Brian Sweeney Fitzgerald, conocido como Fitzcarraldo por los indígenas, intentó construir un monumental edificio donde se interpretara ópera en el centro de la selva amazónica peruana. Ayudado por un grupo de nativos, Fitzcarraldo transportó los materiales río arriba en un barco de vapor, pero al intentar trasladar la carga por tierra los indígenas se negaron a continuar, lo que dio al traste con la expedición. Existe, sin embargo, una ópera en el Amazonas. Se trata del Teatro Amazonas, en la ciudad brasileña de Manaos. Construido durante el bum de las exportaciones de resina, a finales del XIX, el edificio fue sufragado por los terratenientes locales y se inauguró el último día de 1896.
Cruzar la Antártida a pie
La primera expedición que lo intentó fue la liderada por Robert F. Scott en 1902, pero las durísimas condiciones terminaron con su aventura. Seis años más tarde, el irlandés Ernest Shackleton fue el siguiente en probar, y se quedó a menos de 150 kilómetros de su objetivo. El noruego Roald Amundsen, finalmente, alcanzó el Polo Sur en 1911. Pero Shackleton no se dio por vencido. En 1914 volvió, y cuando su barco, el mítico Endurance, quedó atrapado entre los hielos, el irlandés obligó a su tripulación a seguir caminando hacia el Polo Sur. Después de más de 20 meses deambulando con su tripulación por la Antártida, consiguió atravesarla. Habían recorrido 640 kilómetros.
Soldados con superpoderes
La idea inicial surgió del teniente coronel Channon, quien, en su libro First earth batallion operations manual (1979), propuso crear “supersoldados” que pudieran doblar metales con la mente, caminar sobre fuego, visualizar los pensamientos del enemigo y cosas por el estilo. Al Pentágono le impresionaron las ideas de Channon, y a mediados de los años 80 se embarcó en el Proyecto Jedi, un plan secreto para crear un cuerpo de élite capaz de atravesar paredes, volverse invisible y parar el corazón del enemigo con la mente. De todas las propuestas del manual de Channon, la única que se ha aplicado es “el uso de sonidos discordantes para confundir al enemigo”.
¿Vida inteligente en el espacio?
En 1960, Frank Drake comenzó a rastrear el cielo en busca de señales electromagnéticas no aleatorias que evidenciaran la existencia de civilizaciones extraterrestres. En las décadas siguientes, la NASA fue incrementando su presupuesto en esta área y lanzó cuatro programas basados en la detección de señales no aleatorias. Desde 1993, la NASA busca planetas parecidos a la Tierra donde se pudieran encontrar signos de vida. En la actualidad, los científicos utilizan el SOFIA, un gigantesco avión con un telescopio que rastrea planetas similares al nuestro. En 2007 lanzarán Kepler, una nave espacial que analizará las propiedades geofísicas de miles de planetas.