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EL DE LA CALLE 42

06/01/2007 GMT 1

El orgasmo inteligente

calle42 @ 12:35

Oh, orgasmo! Poetas, amantes y, ahora, científicos hablan tanto y tan bien

Es una mujer que no puede decir no, porque se pasa el día entero diciendo Sí… Sí… Sí…” De este modo presentan a la sexy Ellie Allen en News of the World, un diario sensacionalista británico.

Así lo pintan los famosos

Ellie asegura sentir 250 orgasmos al día. Sí, 250. Y los tiene subiendo la escalera, en el autobús o cortando el césped. No se trata de la nueva heroína de los X-Men, Ellie sufre un síndrome clínico, extravagante y raro, pero real. Se llama Síndrome de Excitación Permanente, PSAS por sus siglas en inglés (Permanent Sexual Arousal Syndrome), y fue descrito por sexólogos británicos. Los expertos no pueden precisar la causa de la inusitada excitación, pero algunas mujeres dicen que los síntomas aparecen después de dejar de tomar ciertos antidepresivos.

El caso Elli es solo una de las últimas novedades sobre ese “flash” que cada uno describimos a nuestra manera: “Yo me vacío por dentro, desde la columna…”, dice Juan Cristóbal, de 34 años. Lucía, de 24 años, es más peliculera: “Para mí es como Matrix: la realidad se detiene unos segundos y me da igual que me persigan los malos…”
El orgasmo es algo viejo, según los antropólogos, tanto como nuestra especie, pero solo recientemente ha pasado del anonimato de la alcoba a laboratorios y universidades. Los científicos buscan (y encuentran) qué se activa en nuestro cerebro cuando gozamos, cómo fluye la sangre en el momento del clímax y qué química biológica nos emborracha en esos segundos divinos.

Visitemos uno de los epicentros de la investigación en este terreno: la Universidad de Groningen, en Holanda. Allí trabaja Gert Holstege, un médico serio, con gafas y pelo gris que ha decidido obtener un mapa cerebral del orgasmo humano.

Eyacular en directo
Holstege trabajó con once heterosexuales, de entre 19 y 45 años. Les dio un cheque para descuentos en viajes por su contribución a la ciencia, que consistió en introducirse en un escáner cerebral y permitir que registraran lo que ocurría en su cerebro durante la eyaculación.

El doctor Holstege añade algún detalle más en su artículo, publicado en The Journal of Neuroscience: “La estimulación manual del pene fue realizada por las parejas de los voluntarios. Cinco de ellos eyacularon una vez, tres lo hicieron dos veces y otros fracasaron”. Holstege detectó así qué áreas cerebrales se activaban durante la eyaculación, y encontró como gran protagonista del evento al cerebelo, estructura muy activa en otros asuntos mundanos, como el consumo de heroína, cuando escuchamos música placentera y cuando recibimos una recompensa económica. Y bien, ¿para qué una investigación así? ¿Todo por un cheque descuento en viajes? Holstege esgrime que su trabajo puede explicar casos de anorgasmia, o de no reconocimiento de los estímulos sexuales causados por una lesión cerebral.

Para ellas, las mujeres, el orgasmo llegó más tarde, al menos en el escáner del científico holandés. Según Holstege, el big bang femenino es en realidad un cortocircuito, “como desenchufar”. A principios de año reclutó de nuevo voluntarios, esta vez 13 mujeres, y registró su actividad cerebral durante la estimulación del clítoris por sus parejas.

Como los hombres, también sus cerebelos se pusieron a cien, pero en el cerebro hembra hubo estructuras que se desactivaron –la amígdala y el hipocampo– áreas que tienen que ver con nuestro sistema de alerta. Para Holstege, esto explica que las mujeres necesiten estar mucho más relajadas y sin distracciones que los hombres para alcanzar el clímax, y, dice el científico: “Desde un punto de vista evolutivo, puede ser que el cerebro desconecte el sistema de alarma durante el sexo porque en ese momento la reproducción es lo único que importa y la supervivencia de la especie es más relevante que la del individuo”. Las eyaculaciones de los voluntarios en la investigación del doctor Holstege quedarán registradas por su carácter pionero en la literatura científica.

Salsa rosa
La historia tampoco olvidará la que enmarcó en su vestido azul la becaria del presidente Clinton; y merece mención especial, por lo grandioso, la eyaculación de la boa, la más copiosa del mundo animal, con medio litro de líquido seminal por reptil y acto. ¡Qué bestia!

Aunque, por proximidad de especie, hay una que no se sabe muy bien si forma parte del mito porno o si abunda entre nuestras colegas de la oficina: la eyaculación femenina. El Doctor Francisco Cabello es Presidente de Honor de la Federación Española de Sociedades Sexológicas y director del Instituto Andaluz de Sexología.

Además de ser una eminencia en sexo científico, y tratar a parejas que tienen algún que otro dilema doméstico, llevó a cabo un interesante trabajo sobre la “lluvia” femenina. El objetivo era detectar en la orina pre y postorgásmica la presencia de sustancias habituales en el líquido seminal masculino, y para empezar, lógicamente, había que buscar sujetos de estudio. Hicieron una llamada a las alumnas de distintos master de Sexología en Málaga, seleccionaron 24 mujeres de 24 a 48 años y les advirtieron que debían alcanzar el orgasmo por estimulación manual, sin tener contacto con los genitales masculinos.

“De entre ellas”, continúa el doctor Cabello, “seis aportaron muestras propias de “eyaculado” –nada que ver con la lubricación general–, y en el resto de las muestras, en todos los casos encontramos las sustancias buscadas. Partiendo de estos datos, concluimos que la llamada ‘próstata femenina’ (glándulas uretrales, parauretrales y de Skeene) actúa en mayor o menor medida, y que todas o casi todas las mujeres eyaculan durante la experiencia orgásmica, aunque algunas no sean conscientes de ello. A partir de ahí, investigamos la relación entre lubricación y placer, o qué cosas favorecían la lubricación, factores que se daban en las mujeres que emitían mayor cantidad de fluidos”.

Una película japonesa de 2001, Agua tibia sobre un puente rojo, recoge una bella imágen del “diluvio” femenino. Su protagonista es Yosuke Sasano, un hombre en paro que emprende un viaje en busca de un Buda de oro. Cuando llega al lugar no encuentra el Buda, pero sí a una extraña mujer que tiene la facultad de hacer crecer las flores fuera de temporada y de cuyo cuerpo, durante el orgasmo, fluye agua como si fuera un géiser.

La mujer, sin duda, es el punto C, o centro de investigación fundamental para los especialistas en sexualidad; principalmente porque actualmente la anorgasmia sigue presentándose con cifras elevadas (entre el 5 y el 10% de las mujeres españolas). Aunque, según Cabello: “El 93% de quienes la sufren no se han masturbado nunca y la mayoría de los casos se resuelven cuando empiezan a hacerlo”.

Así, hay un detonador estrella en el éxtasis femenino que numerosos investigadores, como el antropólogo Stephen Jay Gould, consideran un órgano vestigial, eco de lo que millones de años antes en la evolución fue enteramente un pene. Ring my bell (toca mi timbre) canta Anita Ward, y no se refiere al timbre de la puerta.

Esa colina ignorada
Aunque siempre estuvo ahí, el clítoris no tuvo su reconocimiento científico hasta 1550. Reparó en él un médico italiano, Mateo Renaldo Columbos, explorador de la “pequeña colina” de su amante y mecenas de la española Inés de Torremolinos. El científico anotó cómo su “roce” provocaba en la feliz Inés “intensas palpitaciones”.
Pero las humanas, como dice el doctor Cabello, son mamíferas raras. “Tienen que pagar un precio a la evolución: a cambio de andar erguidas, son las únicas mamíferas con la vejiga de la orina situada entre la vagina y el clítoris. A veces esta separación es amplia; así, durante la penetración el clítoris no se estimula de forma natural, y el orgasmo no se produce”.

Solo con práctica masturbatoria y fantasías animadas se solucionan casi un 90% de los casos de anorgasmia. Pero hay otras razones que dificultan el disfrute: “La principal es la falta de deseo, que puede deberse a múltiples causas, por ejemplo problemas hormonales”, explica Cabello. Al fin y al cabo, el sexo es un ciclo, como el que llueva después de que el agua de los mares se evapore. La tormenta se desata con el estímulo (visual, olfativo, táctil o por donde nos dé); al tiempo, se activan las hormonas y neurotransmisores, y los nervios adrenérgicos (un nombre que no resulta nada libidinoso para tratarse de los que informan del placer sexual) conducen la información hasta el procesador infalible, el cerebro. Llegados a este punto, si todo ha ido bien, uno revienta y pone cara de bobo.

Camino directo al cielo
Ha llegado el momento de abrir el cuerpo humano en canal sobre una mesa de operaciones. Así, en un quirófano, dos científicos se encontraron de forma fortuita con el orgasmo de sus pacientes. Uno de ellos fue Robert G. Heath, de la Universidad de Tulane, un controvertido psiquiatra de la década de 1950.

El Gobierno americano le pagaba sus investigaciones, muchas de ellas realizadas con prisioneros afroamericanos y pacientes de epilepsia. Trabajaba a cráneo abierto, produciendo pequeñas descargas eléctricas en distintas áreas cerebrales. En sus experimentos descubrió que podía controlar la memoria de sus pacientes, inducirles alucinaciones y, en lo que nos interesa, halló que cuando estimulaba un área muy concreta, el septo, los “voluntarios” de sus estudios hiperventilaban y se sacudían en auténticos orgasmos.

Pero prometimos otro extraño caso fortuito. Este se produjo recientemente en el quirófano de una clínica para el tratamiento del dolor agudo de Winston-Salen, en Estados Unidos. Allí trabaja el doctor Stuart Meloy, anestesista y especialista en dolor crónico. Meloy operaba a una mujer y, cuando manipulaba su espina dorsal, ella tuvo el mejor orgasmo de su vida. Para Meloy fue una revelación bautizada con nombre de cómic: el orgasmatrón. Su idea consistía en insertar unos electrodos en el punto G exacto de la médula espinal y conectarlo a una maquinita parecida a un marcapasos y oculta bajo la piel, que funciona con un mando a distancia. Los electrodos “activan” un río de nervios, responsables de informar al cerebro de los estímulos relacionados con el placer sexual, por lo que Meloy, al manipularlos, lo que hace es tocarle el clítoris a la señora, pero científicamente y con el consentimiento de su marido.

¿Y para qué sirve?
Si lo vendieran en crema, sería un bombazo. Todo lo cura, para todo vale y además, es gratis. Esto es lo que demuestran las investigaciones:

1. Nos hace ¡felices! Las endorfinas liberadas son las encargadas de despertar la sensación de felicidad, descargar tensiones y mejorar la conciliación del sueño.

2. Y ¿fieles?
O al menos, ayuda a mantener los vínculos de pareja. De esto es culpable la oxitocina, que solo se libera en el orgasmo y en el momento del parto.

3. Reduce las posibilidades de tener un infarto. Y además, acaban de demostrar que, al reducir nuestro nivel de estrés, nos hace mejores oradores si nos toca hablar en público.

4. Favorece el embarazo. Las contracciones del útero y la laxitud posterior de la mujer favorecen el ascenso de los espermatozoides.

5. Alivia las migrañas. Gracias a la serotonina, que reduce la dilatación de los vasos sanguíneos del cerebro que provocan el dolor de cabeza.

6. Poderoso calmante (un 22% más que los analgésicos), eficaz contra los cólicos menstruales.
y los dolores de tipo artrítico.

En pareja, un 400% mejor
La sensación de sentirnos satisfechos tiene fundamentalmente un responsable químico, la prolactina. Stuart Brody, de la Universidad de Paisley, Reino Unido, midió los niveles de esta hormona en hombres y mujeres voluntarios para su estudio. Primero vieron películas eróticas,
y luego unos se masturbaron y otros tuvieron sexo en pareja. Brody encontró, como cabría esperar, una gran diferencia entre los dos grupos de estudio. Después del orgasmo en pareja, los niveles de prolactina en sangre eran un 400% más altos en ambos sexos.

El estudio se publicó en Biological Psychology.

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