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EL DE LA CALLE 42

07/01/2007 GMT 1

Todos los hombres son Yguales

calle42 @ 20:13

Desnudos, a veces hay sorpresas, pero genéticamente los machos comparten las mismas virtudes y los mismos defectos. Todos ellos dependen de Y, el cromosoma de la masculinidad.

Visto al microscopio, Y, el cromosoma que diferencia al hombre de la mujer, tiene un aspecto lamentable. Es sospechosamente pequeño (de hecho, el más pequeño de todos) tiene poquísimos genes, está lleno de basura, como carece de una pareja idéntica (algo común en el resto de los cromosomas) no tiene con quién intercambiar genes en caso de error y, por si fuera poco, según afirman los genetistas, con el paso de las generaciones sigue un proceso “menguante”, es decir, cada vez se hace más pequeño, cosa paradójica tratándose del artífice de la masculinidad.

Estas debilidades del cromosoma de los machos son conocidas desde hace tiempo, y han sido el argumento perfecto para que se organice una verdadera confabulación según la cual a Y le queda poco tiempo de vida. Se han escrito libros, artículos científicos y tesis doctorales sobre “la maldición de Y”, e incluso hay quien le ha puesto fecha a su extinción.

Una ratona feminista
Uno de los más preocupados es Bryan Sykes, profesor de genética humana en el Instituto de Medicina Molecular de la Universidad de Oxford. Sykes se hizo famoso por su obra Las siete hijas de Eva (Debate), en el que establecía el árbol genealógico que relaciona por medio del ADN mitocondrial a todas las mujeres del mundo con una única “Eva” que vivió hace 143.000 años. Ahora, Sykes se ha convertido en el portavoz de los que aseguran que el cromosoma Y está herido de muerte. En su último libro, que acaba de publicarse en España, La maldición de Adán, incluso calcula el tiempo que resta hasta la total aniquilación: “125.000 años, o lo que es lo mismo, 5.000 generaciones”. Más o menos, el tiempo que lleva existiendo nuestra especie sobre la Tierra.

¿Qué va a ocurrir, entonces, con los humanos? ¿Nos dirigimos hacia un mundo exclusivamente de hembras? Una ratona de laboratorio ha contribuido a vislumbrar ese futuro espantosamente desierto de machos. Kaguya (nombre con el que bautizaron a la roedora) fue un exitoso experimento de reproducción por partenogénesis. Los investigadores japoneses que le dieron vida lograron que un óvulo fuera “fecundado” por otro óvulo. El vástago, claro, también era hembra, y la posibilidad de que el proceso pudiera cuajar en humanos no es descabellada.

Así, el panorama se cierne desolador para el 50% de la población: tradicionalmente, los que tienen bigote. Sin embargo, hay algo que no encaja. Cada segundo, todos los hombres del mundo producen 200 billones de espermatozoides. Aproximadamente un millón de litros de semen al día. Frente a esto, todas las mujeres del mundo apenas “fabrican” 400 óvulos en ese mismo segundo.
Por tanto, la contribución masculina al festival reproductivo de nuestra especie es aproximadamente medio billón de veces mayor que la de las mujeres. Estos datos los recoge otro pope británico de la genética humana, Steve Jones, en su último libro, aún no traducido al castellano, Y: the descent of men (Y: la descendencia del hombre). Jones encabeza el bando de los defensores de Y, convencidos de que no hay peligro para la masculinidad. Su tesis se basa en los últimos descubrimientos de un concienzudo investigador que ha dedicado su vida a limpiar a Y de tanta injuria.

Un estratega con éxito
En octubre de 2004, David Page (“el hombre Y”, como le bautizaron algunos periódicos americanos) mostró que el cromosoma de la masculinidad, lejos de ser un alfeñique lleno de basura y sin posibilidades de “reparar” posibles taras, es todo un estratega. La clave del asunto estaba precisamente donde menos se esperaba: en todo aquel barullo que parecía ADN basura.

Cada uno de los 78 genes que contiene el cromosoma Y lleva “adherida” una cola formada por series de nucleótidos aparentemente idénticos entre sí, y que para todo el que se había asomado hasta entonces a estas intimidades parecían inservibles. Pero había truco. El equipo de Page tardó 13 años en descubrir que aquellas series no eran exactamente iguales.

“Era como si tuvieras miles de copias idénticas de la ciudad de Manhattan en las que las únicas diferencias fueran el emplazamiento preciso de algunos buzones de correos o ciertas bocas de incendios. Si te trasladaran de la copia A de Manhattan a la copia B, la probabilidad de que notaras que te han cambiado de ciudad sería pequeñísima.

Ese fue el problema con el que nos encontramos”, explica el científico. Pero, como si se tratara de los pasatiempos del Times, Page y su equipo encontraron “las siete diferencias” y localizaron los buzones de correos de aquel laberinto imposible. Así quedó demostrado que el cromosoma de la masculinidad no es sólo un montón de basura. Page encontró algo más, precisamente la clave para explicar que el fin del macho es más probable si cae en la Tierra un meteorito feminista que por culpa del deterioro del cromosoma.

La masturbación genética

El investigador ha demostrado que Y tiene su propio sistema de autorreparación cuando algún gen está dañado (véase el recuadro en la página siguiente). Es cierto que no intercambia genes con el cromosoma X en un amoroso encuentro, como hacen las otras parejas de cromosomas, pero él solito, a modo de “masturbación genética”, se repara. Estamos salvados. Parece que la herida de Y no sangra tanto.
Sin embargo, queda una incógnita por desvelar que seguro que resulta de gran preocupación entre la comunidad masculina: ¿Por qué lo tenemos tan pequeño?
El Y tiene muy pocos genes en comparación con el resto de los cromosomas, y además, parece que seguirá perdiéndolos. Jaume Bertranpetit es experto en genética de la unidad de Biología Evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y para él, como explica la sexóloga de la tele, Lorena Berdún, el tamaño tampoco importa. “En un momento determinado de la evolución, X e Y eran una pareja de cromosomas idénticos”, explica Bertranpetit, “pero hace 300 millones de años se produjo una especialización necesaria para que los genes encargados de decidir el sexo no se mezclaran; para ello, lo mejor era tenerlos separados”. Este fue el primer divorcio legal de todos los tiempos. “Así se inició un proceso”, continúa Bertranpetit, “en el que el cromosoma que alberga el gen fundamental para hacer varones empezó a ‘aislarse’ de su pareja”.
A partir de ese momento, X siguió su camino normal, grande, relleno de genes decisivos y pletórico de fuerzas. En cambio, lo que sucedió en Y es más complejo. Hay que pensar que la mitad de la población, tres mil millones de mujeres, no tienen ese cromosoma, y se las apañan sin él a las mil maravillas. Por tanto, Y no puede contener nada imprescindible para hacer un ser humano saludable. Su función, casi en exclusiva, ha de ser contener la receta para elaborar sólo aquello que los machos tienen y las mujeres no. Sí: se trata exactamente de eso en lo que todos estamos pensando: “El cromosoma Y sólo conserva unos poquitos genes que son específicos para iniciar toda una cascada de señalización que acaba haciendo un par de testículos. Lo que ha hecho a lo largo de su historia, y seguirá haciendo evolutivamente, es vaciarse del resto de los genes que no le sirven para este fin”.

El botón de hacer niños
Todos los seres humanos llevamos en nuestro código genético la posibilidad de tener senos o no, la posibilidad de tener o no barba, la posibilidad de ser hombres o mujeres, pero lo que tienen exclusivamente los machos guardado en su cromosoma Y es lo que podríamos llamar el “interruptor de la masculinidad”. Pulse aquí y nacerá un niño. El Y es el guardián de la dinamita que hace estallar todo el proceso, para que los genes implicados en hacer hombres, distribuidos en los distintos cromosomas, se pongan a trabajar. Lógicamente, en su ausencia, el resultado será una hembra.
Este extraordinario “interruptor”, del que depende todo lo que tiene que ver con la reproducción humana y que viaja a bordo del cromosoma Y, ha sido bautizado merecidamente como el gen de la masculinidad, técnicamente SRY, y no fue fácil dar con él.
Localizar este preciado gen de la masculinidad fue una de esas empresas mastodónticas, algo así como reflotar el Titanic, y lo más bonito fue el experimento que demostró que era SRY, él solito, quien se encargaba de dar esa señal de salida. En 1991, el equipo dirigido por los genetistas británicos Peter Goodfellow y Robin Lovell-Badge, los primeros en encontrarlo, inyectaron en óvulos fecundados de ratón un pequeño fragmento de ADN que contenía el gen SRY, y nada más. Ni basura genética, ni otros genes que pudieran confundirse en el proceso, sólo el SRY. Volvieron a reimplantar los óvulos en hembras de ratón, que actuaron como madres de alquiler y esperaron a que nacieran las crías.

Estos experimentos de transferencia de genes suelen ser muy ineficaces. Para sobrevivir, el gen inyectado tiene que encontrar un hogar en alguno de los cromosomas del ratón, como los cucos cuando ponen su huevo en un nido que no es el suyo, y no había ninguna garantía de que SRY lo lograra. Peter y Robin esperaban encontrar ratones con aspecto de machos pero que genéticamente fueran hembras, es decir, que tuvieran pene, pero dos cromosomas XX y, además, el gen SRY inyectado. Esto demostraría que sólo la presencia de ese gen habría bastado para determinar el sexo masculino. De noventa y tres ratones que nacieron, sólo uno presentaba esta combinación; genéticamente era hembra, sin duda, pero su aspecto y comportamiento eran los de un macho perfectamente normal.
El ratón estrella, agarrado a un palo y exhibiendo unos enormes testículos, apareció en la portada de la edición de la revista Nature que contenía el artículo. Por desgracia, el ratón macho con dos cromosomas X es estéril, de modo que no podía tener descendencia. Pero eso no le impidió intentarlo. Cuando lo encerraron en una jaula con hembras para que tuviera compañía se apareó cuatro veces en seis días, lo que por lo visto es un buen promedio para un ratón. Esta demostración cerró por fin el último capítulo de la larga búsqueda del conmutador maestro que crea a los hombres. Desde que los científicos comprendieron que el secreto se ocultaba en el cromosoma Y hasta el desenmascaramiento definitivo del gen responsable, la búsqueda había durado treinta largos años.
Llegados a este punto, ¿podríamos concluir que el hombre está fuera de peligro? ¿Seguiremos reproduciéndonos usando las mismas técnicas que nuestros tatarabuelos? Cuando todo parece indicar que la respuesta a ambas preguntas es un rotundo “sí”, averiguamos que otra amenaza, mucho más reciente, hace que de nuevo las cosas se tambaleen. Esta vez, la espada de Damocles se blande sobre los espermatozoides: asistimos a un progresivo empobrecimiento del semen de los humanos.

La decadencia de los espermatozoides
En 1992, unos epidemiólogos daneses lanzaron la primera voz de alarma al explicar que, tomando en cuenta 61 estudios publicados en todo el mundo entre los años 1998 y 1990, se deduce que la concentración del semen masculino está bajando aproximadamente un uno por ciento anual. O, dicho de otro modo, ¡el esperma habrá perdido un 40% de espermatozoides dentro de medio siglo! Al cabo de este tiempo, esos mismos epidemiólogos prevén un aumento de casos de malformación genital y también de cáncer de testículo. Hoy, se considera que hay un siete por ciento de hombres infértiles en el mundo.

En España, la Doctora López-Teijón, del Instituto Marqués de fecundación in vitro de Barcelona, investigó el semen de los catalanes, y sus conclusiones fueron igualmente pesimistas: “El 65,6% de los barceloneses tiene un semen que no cumple con los criterios de normalidad de la OMS, bien por la velocidad a la que se mueven sus espermatozoides o por su número”. El asunto pinta mal. López-Teijón explica a Quo las razones de este empobrecimiento, que parece imparable.

“Ya está demostrado que poco tiene que ver con mitos como llevar los calzoncillos apretados o ducharse con agua caliente. Hemos encontrado que la principal razón tiene que ver con los tóxicos que ingiere la mujer durante el embarazo”. Existen 500 sustancias consideradas como tóxicas en Europa (EEUU considera más) y que son de consumo habitual. Estas sustancias están preferentemente en el agua de ciudades industriales, como ocurre en Barcelona. “De hecho, en peces de nuestros ríos se detectaron malformaciones sexuales”. Algunos de estos tóxicos actúan como hormonas femeninas procedentes, por ejemplo, de todos los anticonceptivos orales, o los parches con estrógenos que se tiran a la basura y cuyo contenido acaba en los ríos.

“Así, la madre embarazada las consume y el embrión masculino se desarrolla con exceso de hormonas femeninas, lo que provoca mayor aumento de malformaciones genitales. Es decir, gran parte del problema de la creciente infertilidad de los hombres viene de fábrica”. Las conclusiones de López-Teijón son un debate candente hoy.

Entre tanto, y al menos en los próximos años, no tendremos que recurrir a la clonación para reproducirnos, con lo aburrido que parece, ni habrá que recoger firmas para salvar al cromosoma Y del exterminio.

La calidad del semen ibérico se resiente

Tener un semen de calidad es cada vez más difícil. Los expertos aseguran que cada día vamos a peor, y de nuevo se cuestionan si el hombre tiene o no futuro. Aunque en España hay honrosas excepciones. En nuestro país se han hecho tres estudios. Con los mozos de El Ejido (Almería) sacamos pecho: un 85% por ciento mostró tener una concentración de espermatozoides en su semen considerada “normal” por la Organización Mundial de la Salud. Otro estudio gallego mostró que los varones de A Coruña se salvaban por los pelos: el 59% tenía un semen considerado normal de movilidad y de concentración de sus espermatozoides. Pero aquí viene lo peor (que nos disculpen Joan Clos y los del Barça), ya que el 65,6% de los barceloneses tiene un semen que no cumple con los criterios de normalidad en cuanto a número o movilidad de espermatozoides, por lo que se considera “entre los peores del mundo”, según un estudio del Instituto Marqués de Barcelona.

¿Por qué nacen más niños que niñas?

Nacen como media 105 niños por cada 100 niñas. Esta ligera diferencia es más marcada en la concepción, con 120 embriones masculinos por cada 100 femeninos. Una de las explicaciones es que los espermatozoides que contienen un cromosoma Y son más ligeros, ya que es mucho más pequeño que X. Así, pueden ser más rápidos y en la carrera por la fecundación poseen ventaja. Pero esta teoría no ha sido verificada experimentalmente todavía. Esta diferencia se reduce naturalmente, porque los embriones masculinos son más frágiles: dan lugar más a menudo a abortos naturales. Pero eso no es todo. Después del nacimiento, los comportamientos de riesgo (accidente de tráfico, suicidio…) conciernen sobre todo a los hombres jóvenes. A la edad de 20 años, un chaval tiene tres veces más riesgo de morir que una chica. La diferencia entre los dos sexos se absorbe hasta llegar a 50% de hombres y 50% de mujeres entre los 30 y 40 años; al menos, en Occidente.

Adán llegó 84.000 años tarde
Los científicos han encontrado a EVA. Parece que la mujer que fue el ancestro común de los humanos vivió hace 143.000 años. Y no sólo eso, también han encontrado a ADÁN. Aseguran que el cromosoma Y que tienen todos los hombres vivos es versión de un único Y, de un ancestro común que vivió en África hace unos 59.000 millones de años. A la vista está el desfase: Adán nació 84.000 años después de que Eva estuviera en la flor de la vida. El esquema de la derecha es un árbol genealógico paterno de nuestra especie. Cada círculo representa un grupo humano con muchas similitudes genéticas, que suele coincidir con hombres del mismo continente. Así fue cómo se dispersaron desde el primer hombre hasta nuestros días

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